Cosas que Pasan

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Los primeros rayos del sol se posaban sobre las doradas cúpulas de las torres que custodiaban la prisión de máxima seguridad, haciéndolas lucir como gigantes guardianes, únicos testigos de lo sucedido la noche anterior.

El edificio que formaba la cárcel fue construido sobre las tierras de un antiguo cementerio cosaco. Aunque fungía como prisión, era en realidad un enorme laboratorio donde se hacían experimentos con manipulación genética, utilizando a los condenados como conejillos de indias.
Los experimentos “fallidos” los conservaban en grandes tanques colocados en un oscuro y pequeño sótano bajo el edificio y cuya existencia era conocida por unos pocos científicos. Solo una llave y una escalera removible daban acceso a esos tanques.

Esa noche, uno de los científicos repasaba los resultados de su más reciente prueba mientras disfrutaba plácidamente de su puro, cuando escuchó un fuerte ruido proveniente del sótano. Sobresaltado, tomó la llave y la escalera y sin dejar el puro se apresuró a bajar para comprobar que todo estuviera en orden, olvidando tomar una linterna. Faltando pocos peldaños, otro estruendo le hizo tambalear, cayendo sobre un baúl que al abrirse dejó al descubierto el material radiactivo utilizado en algunos de los experimentos y el cual era ultrasensible al calor, al humo y cualquier chispa, incluso a la ceniza de un tabaco.

Un instante después, un pequeño hongo radiactivo silenció toda forma de vida dentro de aquel edificio.

Al amanecer, las cúpulas doradas reflejaban la luz del sol sobre las polvorientas ruinas, entre las cuales deambulaban torpemente algunos antiguos cosacos.

E.T.